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De la presencia

El rostro es un paisaje, cada uno con una rica y variada orografía. Alberga montañas, valles, cuevas, bahías, evidencias y misterios. Similar a otros pero a su vez único y de momento irrepetible. El tiempo y las múltiples circunstancias de la vida lo irán transformando de igual forma que ocurre con la piel de la tierra, y en verdad con todo lo existente. Más que ninguna otra parte del cuerpo (pues el rostro casi siempre está al descubierto) guarda la memoria física del acontecer de todo su ser. El rostro es un paisaje, como el resto también expuesto a la climatología, en este caso emocional. Y en función de una meteorología más o menos cambiante se nos verá alegres, tristes, asustados, coléricos o en paz con todo. El rostro es un paisaje que a su vez contiene un mundo, de vivencias, deseos, frustraciones, inquietudes, sueños... El conjunto de rostros conforma el universo humano que, como el resto de las cosas, evoluciona y se contrae o expande sin fin. Pero lo más singular de ese paisaje es que no solo lo miramos sino que también nos mira. Un paisaje que mira al que lo mira, un paisaje que nos devuelve la mirada. Siendo el paisaje lo visible, su mundo sería el alma. La utopía del rostro debería conseguir que este fuera una máscara verdadera, o sea, el espejo del alma. Un espejo en que mirarnos. Un espejo en que reconocernos.

Este proyecto trata de la presencia, una presencia que será doble, la del rostro ante la cámara y la de ambos en un lugar.

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